PUENTES CONTRA BARRERAS

 

No cabe duda de que, en estos últimos años, el tema de la inmigración se ha convertido en una cuestión más sensible y visible. Gracias a los modernos medios de transporte y a la globalización, estamos más acostumbrados a entrar en contacto con culturas distintas: sin embargo, ello no implica necesariamente la aceptación ni la incorporación de dichos colectivos. En efecto, muchas veces, asistimos a episodios de choque y de negación total o parcial del otro, una aversión que -a menudo- está dirigida solo contra determinadas categorías de individuos.
Según mi parecer, una parte de este rechazo brota también (no solo) de un escaso conocimiento de la cultura extranjera: de hecho, informaciones parciales e insuficientes, a menudo, pueden crear malentendidos y cristalizar prejuicios preexistentes. El miedo provocado por lo desconocido es la más natural y comprensible de las reacciones humanas y no es algo malo de por sí: lo que es injusto es la decisión consciente de quedarse en esa ignorancia, en esa sensación de miedo, sin hacer nada para abrir los ojos y juzgar según lo que realmente sucede, y no de antemano o dejándonos condicionar por lo que pensamos o tememos que pueda pasar. Como decía, con gran sabiduría, Katherine Paterson: “tener miedo es una cosa, dejar que te agarre por la cola y que haga de ti lo que quiera es otra”.
Hay algo más detrás de los muros: oportunidades. Oportunidades de construir puentes entre culturas y entre seres humanos, de conocer ideas, costumbres, sabores, religiones, visiones del mundo únicas y maravillosas en sus caleidoscópicas naturalezas.
Es verdad que no todos los hombres son iguales: hay quien respeta las reglas, quien quiere integrarse y quien no quiere hacerlo. Con ello, no quiero negar que existen también peligros reales, pero la diversidad no debería ser entendida y vivida solo como un choque, porque también es riqueza, si nosotros tratamos de aceptarla, de elaborarla y convertirla en parte integrante de nuestras vidas.
Es lógico que haya problemas, temores, preocupaciones, sobre todo cuando el fenómeno migratorio es masivo y todo acontece más rápidamente, como en este período. Sin embargo, no creo que la solución sea cerrar las puertas de nuestras almas, taparnos los oídos, fingir que esta situación no existe y que no es un problema nuestro ni mucho menos de nuestro interés percatarnos de ella, ya que nada puede hacer que el mundo deje de cambiar, de moverse, de vivir. Vivir es también convivir con el miedo, con el temor y con lo desconocido. A través de la creación de puntos de contacto más fuertes y sólidos, podemos crear posibilidades de encuentro, construir futuros más serenos para todas las personas, de forma tal que las culturas puedan comunicarse y que ya no se construyan más barreras.

Martinelli Selene

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